Pobreza energética

Pasamos frío algunas noches. Ahora lo llaman pobreza energética;
a nosotros simplemente nos sale más rentable meternos bajo las mantas
que entregarle toda nuestra antigua fe cristiana al nuevo dios del calor azul.
Con lo que nos costó, al menos a mí, arrebatársela a los curas del colegio.

Y en la oscuridad de las sábanas cubiertas de piel sintética, follamos.
Follamos más que la media de nuestros amigos. Pienso a veces,
no necesariamente en medio del polvo, pienso
que puede ser el frío,
que quizá sea la pobreza energética la que nos lleva a follar más,
a tener algunos de los mejores polvos de nuestra vida,
de nuestra vida en común y por lo menos en mi caso de nuestra vida entera;
polvos como trasatlánticos, largos y a la vez ligeros, que surcan
el mar de las madrugadas con la naturalidad de los delfines
y la importancia de las ballenas.

Polvos importantísimos que terminan en un sueño caliente
que nos hace olvidar los grados bajo cero.

Abres la ventana, subes la persiana hasta arriba y follamos
a pulmón abierto, con la cama deshecha, completamente desnudos
mientras nuestra piel conserva a pesar del frío un calor
inhumano. Puede entrar de fuera un trozo del Ártico, que por mucho que se empeñe
no logra hacernos tiritar, no logra más
que sacar de nuestros cuerpos un vaho inocente
que se confunde con el humo que produce el roce de un palo
con un agujero hendido en una rama seca.

Porfía el frío, en la habitación comienza a nevar, el radiador está lejos
de la cama y el movimiento de tus caderas, onda expansiva,
ha dejado el nórdico y las sábanas fuera del alcance de nuestras manos 
(que por otra parte están muy ocupadas explorándonos);
sin embargo,
no bajamos de los treinta grados a la sombra
con forma de ángulo recto
que proyectan nuestros cuerpos en la pared de tu habitación.


Entonces, más allá de los cuarenta grados,
susurras a mi oído mientras te estás corriendo:

vamos a hacerlo otra vez, amor,
a ver si de tanto desgastar este maldito invierno
conseguimos que llegue antes la primavera.



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